El amor que viene. Urano, Neptuno, Plutón

Alejandro Christian Luna y Vanesa Maiorana
Publicado en Revista Uno Mismo. Marzo 2015

Los planetas transpersonales, Urano, Neptuno y Plutón, se denominan así justamente porque su función va más allá de la personalidad y de todos los anhelos y deseos del «yo». Traen una información al sistema solar que proviene de más allá del sistema solar, directamente del nivel de la galaxia, de «nuestra» Vía Láctea. Simbólicamente operan para otra dimensión, para los anhelos y deseos del alma, no para los de la personalidad.

Estos planetas son en realidad una tríada, una especie de «santísima trinidad», una unidad indivisible que se aprecia mejor teniendo en cuenta tres perspectivas: libertad (Urano), amor (Neptuno) y muerte (Plutón). No existe una sin las otras dos.

Urano y Plutón activan intensamente ahora a quienes tienen puntos sensibles en los signos cardinales (Aries, Cáncer, Libra y Capricornio). Neptuno está en el signo que rige -Piscis- sensibilizando todo a su paso, y a fondo. El amor de Neptuno es mucho más que una emoción o un sentimiento, es un código de encuentro, una lógica vincular, una inteligencia multinivel. Este amor implica libertad, pues sin libertad no puede haber vínculo sincero. Que los humanos llamemos amor a vínculos sin sinceridad ni libertad es un tema no de Neptuno, sino de lo que una mente miedosa y controladora como la nuestra hace con el impulso y necesidad de vincularnos. Como cantaba Sting, «if you love somebody, set them free».

El amor implica muerte, puesto que si uno no se arriesga a perderse a sí mismo en el vínculo (que no es lo mismo que perderse en el otro, o en los otros), jamás podrá hacer un verdadero contacto, transformando la identidad, el ser. Tampoco se podrá transformar o modificar al otro ni a la red en la que todos estamos interconectados, lo sepamos o no. Si yo no me transformo en un vínculo, si quedo igual, ese vínculo no es amoroso.

La muerte implica libertad, pues ¿cual es la libertad última? Es morir a los apegos, a las queridas identificaciones, a los condicionamientos, a «mis» deseos de iluminarme, de mejorarme, de mejorar la sociedad. Sólo si muero a mi mismo puedo ser realmente libre, por eso la libertad implica la muerte.

La muerte implica amor. ¿Se imaginan la rigidez, frialdad e indiferencia vincular de aquello que no puede morir? Aquello que no puede morir es incapaz de amar. Aquello que no es libre tampoco puede amar.

Es una terrible herida narcisista darnos cuenta que la mayoría del tiempo creemos que estamos muy vivos, pero realmente somos zombis, no amamos ni somos libres. El salto evolutivo consistirá en vivir Urano, Neptuno y Plutón realmente desde una consciencia del alma.

Ataduras y miedos

Sólo donde hay libertad, es posible la circulación del amor verdadero en el vínculo. Cuando el vínculo está sostenido en los mecanismos de obtención de poder que generan dependencia y control, no hay libertad. Solo hay ataduras que generan miedos y que sacan la vitalidad.

El amor no puede ser obligado, ni poseído, ni controlado, ni ganado. El amor no puede fluir en medio de los reclamos y las exigencias, ni puede fluir cuando uno desea que el otro se transforme en función de las propias necesidades. Cuando en un vínculo hay deseos fijos sobre cómo se debe ser o cómo se debe seguir, estamos bajo las garras del control y la manipulación.

Con verdadero amor no deseamos ni elegimos desde las necesidades personales y narcisistas sino más bien las dejamos de lado, nada más y nada menos, para que el amor siga fluyendo. Con verdadero amor, no definimos el siguiente paso, porque en cada paso hay libertad y nuevas posibilidades. Sólo la libertad permite comprometerse realmente con el otro, sin crear lazos enfermizos, más bien cuidando día a día de la presencia del otro y agradeciendo cada instante compartido.

El amor necesita que nos dejemos morir y transformar, que nos dejemos caer en el vacío fértil que genera el verdadero encuentro. El amor sólo puede fluir donde hay entrega a la muerte de uno mismo en el encuentro con el otro. Donde circula el amor, circula la creatividad, y así la vitalidad se renueva en un continuo de muertes y renacimientos de cada uno y del vínculo en sí mismo.  El amor fluye y el vínculo se construye.

En tiempos de Urano y Plutón como el actual, se nos está invitando a cuestionar las bases sobre las que se basan nuestros vínculos que se han instalado en el tiempo del patriarcado. Se nos está invitando a sacudir nuestras estructuras internas para que podamos aprender a vincularnos de otra manera. Somos aprendices en inteligencia vincular, estamos empezando a observar cómo funcionamos con mecanismos de control y estamos dándonos cuenta de lo que sufrimos por ello. Al observarnos, al conectarnos con el verdadero sentir y darnos cuenta de los mecanismos construidos para obtener amor y cubrir necesidades emocionales muy antiguas, evitamos reclamar a otro lo que no nos puede dar. Y así, en el continuo proceso de crecimiento y maduración, estamos dando el siguiente paso hacia una nueva forma vincular, que habilite la circulación del amor verdadero entre nosotros, y entre nosotros y todos los seres de la Tierra.

Urano y Plutón juntos están movilizando toda nuestra base, pero para que su función sea exitosa, ¿nos dejaremos transformar en el encuentro con los otros?.

Dejarnos transformar en el encuentro con nuestros padres, y en lugar de reclamarles lo que no pudieron darnos, dejar la identidad en la cual nos definimos como seres necesitados y dignos de reclamar por lo no recibido, para honrar y agradecerles lo único que no podía darnos nadie más: la vida.

Dejarnos transformar en el encuentro con los hijos, no creyendo que somos nosotros los que debemos educarlos, enseñarles y marcarles el camino, y dejarnos transformar por su presencia, por su frescura y su energía de avanzada que nosotros no tenemos.

Dejarnos transformar en el encuentro con un otro como amante o pareja, comprendiendo profundamente que el encuentro brindará algo que ninguno de los dos podría crear por sí mismo, entregarnos a que se produzcan cosas nuevas e impredecibles en ese encuentro, entregarnos a ser muy diferentes de lo que creemos que somos, dejando de lado todo lo que fuimos para dar lugar a crear y construir una nueva forma de ser en ese encuentro; entregarnos a no saber qué formas y qué experiencias nos dejará ese vínculo, confiando en el otro y dejando que el otro confíe en nosotros. Entregarnos a “morir” en el encuentro, a dejar de ser nosotros mismos para ser algo nuevo que no es ni uno ni otro, sino ser con otro. Entregarnos a la intensidad y la fuerza vital capaz de destruir y crear.

Dejarnos transformar en el encuentro con otros seres vivos, que comparten nuestro hermoso planeta, dejando de lado nuestra comodidad y bienestar, dejando de dominarlos para empezar a escucharlos profundamente. Escuchar sus gritos de dolor y transformarnos en lugar de apagar nuestros oídos para no escuchar. Si vivir en la Tierra produce dolor, entregarnos al encuentro del dolor de los otros y crear nuevas formas de vincularnos en las cuales al menos no aumentemos nosotros el dolor de los demás.

Dejarnos transformar por la Tierra, un ser vivo que nos escucha, nos contiene, nos aloja, nos ofrece recursos, nos permite vivir y, a fin de cuentas, del cual provenimos. Y nosotros queremos dominarla, construimos todo tipo de herramientas, máquinas y formas de explotarla.

Inteligencia vincular

Dejarnos transformar por los vínculos requiere del desarrollo de nuevas habilidades y sensibilidades, de dejar de lado el tipo de confort al que estamos acostumbrados, dejar de lado las relaciones de poder que reemplazan al amor, crear nuevas formas, valorar la verdadera libertad que solo otorga la no dependencia en las relaciones con los demás.

El llamado es a transformar la forma de vincularnos, como dice el astrólogo Eugenio Carutti, a desarrollar la «inteligencia vincular». La inteligencia vincular tiene que ver con el aprendizaje de transformarnos en vínculo. Vínculos entre padres e hijos, entre hermanos, entre amantes, entre los miembros de la pareja, entre las diferentes especies, entre naciones, entre la humanidad y la Tierra. Inteligencia vincular es la capacidad mediante la cual el “yo” deja de ser el centro de la escena para dejarse transformar en el vínculo con el otro. Una persona centrada en su “yo” o en su identidad, será narcisista, es decir, pretenderá que todo lo que está fuera de ese yo satisfaga sus necesidades, y reclamará a sus vínculos lo que necesita para seguir confirmándose, y no reparará en tomar los recursos que necesite del afuera.

Para desarrollar la inteligencia vincular es necesario que empecemos a tomar conciencia de los mecanismos de control. El control es el mecanismo mediante el cual intentamos que los vínculos tomen la forma que nosotros deseamos o necesitamos, que el estado de cosas quede como nosotros queremos, que cambie lo que queremos que cambie y que se mantenga tal cual lo que no queremos o que no nos animamos a que cambie.

El control nos impide la oportunidad de abrirnos a nuevas formas vitales y a la posibilidad de transformarnos para ir incluyendo niveles cada vez más complejos de nosotros mismos y de la realidad. Una identidad se construye porque es necesaria, porque nos define y nos ayuda a no perdernos en el vasto universo del que somos parte. Sin embargo, el problema no está en la identidad sino en la rigidez con la que nos empecinamos en sostenerla aún cuando ya no es útil ni funcional al momento actual de la vida.

El control además se lleva una enorme cantidad de energía en la ilusión de que podemos controlar lo que va a suceder. Verdaderamente no podemos controlar nada, pero el mecanismo de control nos hace creer que sí, y mientras controlamos, nos vamos de nosotros mismos… y nos vamos del vínculo con el otro, nos alejamos, no podemos vernos a nosotros mismos ni a los demás. El mecanismo de control nos desconecta de toda capacidad de percepción de la realidad interna, es decir, de lo que siento. Y si no estoy en contacto con lo que siento, con el propio deseo, con el llamado del alma, la transformación no es posible.

Con Urano y Plutón en tensión en el cielo, podemos observar que lo que vemos manifestado en un hecho o área puntual de la vida, es mucho más amplio de lo que en principio creemos.

Por ejemplo, la  ruptura de una relación de pareja seguramente vendrá acompañada con cambios en las creencias más profundas en relación a los vínculos amorosos.Una persona que tiene creencias basadas en las estructuras familiares tradicionales, podría evitar a cualquier precio una ruptura de su matrimonio, porque esto afectaría su seguridad más primitiva y todos los valores construidos en torno a esas estructuras, y la imagen relacionada a esos valores. Por lo tanto, una ruptura en el vínculo matrimonial vendrá aparejado de cambios en los vínculos con sus familiares: antepasados por un lado, hijos por el otro.

Si cae una columna principal de la estructura, tendrán que caer otras tantas que están relacionada a ella. Lo que podemos estar seguros es que la ruptura de las estructuras es esencial para nuestro crecimiento y evolución de la conciencia.

En la medida en que podamos darnos cuenta de que lo que está moviendo la estructura no es un determinado vínculo (de pareja por ejemplo) o una insatisfacción vocacional, sino que el volcán está transformando toda la estructura interna, quemando los límites del “yo”, abriendo la posibilidad a nueva nueva identidad, una nueva vida y una nueva vitalidad, podremos observar que los vínculos y formas externas son un reflejo y se corresponden con esta transformación interior.

Bibliografía sugerida:
Eugenio Carutti. “Inteligencia planetaria”. Vladi Editions.
Alejandro Christian Luna “Más allá de uno mismo”. Editorial Trenkehué.

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