Actualmente, hemos descubierto una manera eficaz y elegante de comprender el universo: un método llamado ciencia. Este nos ha revelado un universo tan antiguo y vasto que, a primera vista, los asuntos humanos parecen de poco peso. Nos hemos ido alejando cada vez más del cosmos, hasta parecernos algo remoto y sin consecuencias importantes para nuestras preocupaciones de cada día. Pero la ciencia no solo ha descubierto que el universo tiene una grandeza que inspira vértigo y éxtasis, una grandeza accesible a la comprensión humana, sino también que nosotros formamos parte, en un sentido real y profundo, de este cosmos, que nacimos de él y que nuestro destino depende íntimamente de él. Los acontecimientos humanos más básicos y las cosas más triviales están conectados con el universo y sus orígenes.Carl Sagan, Cosmos
Todo en la naturaleza sostiene una danza perfectamente coordinada, de la cual nosotros solo vemos algunas manifestaciones, ciegos como estamos a los hilos que hacen que el Todo —del que formamos parte— pulse sin cesar. Hoy, solo nos detenemos a observar el cielo cuando tiene lugar allí algún hecho extraordinario. Sin embargo, esta pérdida de contacto con la naturaleza, con el cosmos y con el misterio de la vida es algo que lleva unos pocos siglos en nuestra historia como especie.
A partir de la mecánica clásica, en el siglo XVII, se instaló, en Occidente, un modelo de pensamiento conocido como materialismo científico, que afirmaba que toda la realidad era física y desacreditaba cualquier fenómeno intangible. En la primera mitad de ese siglo, René Descartes formuló una tajante distinción entre el ámbito de lo mental —sustancia pensante— y el ámbito de lo material —sustancia extensa—. Desde entonces, se ha denostado por completo lo sobrenatural.
Gracias a Descartes, tuvimos la posibilidad de separar el todo en partes cada vez más pequeñas y nos sumergimos en un reduccionismo profundo. La medicina cientificista se enfocó en los detalles de cada cuerpo, de cada órgano, de cada célula, de cada molécula. La psicología y la psiquiatría profundizaron en la mente consciente y han comenzado a asomarse a las inmensidades del inconsciente.
Esa mirada fragmentada del ser humano nos llevó a una medicina con especialistas que conocían mucho sobre su propio rincón del cuerpo, pero que ignoraban la función del resto y cómo los distintos sistemas estaban conectados entre sí. Desde esta concepción, una persona con un síndrome metabólico, por ejemplo, tiene que acudir a tres o a cuatro médicos —endocrinólogo, cardiólogo, clínico— para tratar su problema.
Este paradigma, el mapa que venimos manejando en medicina desde hace cuatro siglos, ya no sirve para responder a muchas de las preguntas actuales. Y hoy advertimos que, tal como nos explica Fritjof Capra, autor de La Trama de la Vida y uno de los pioneros en unir la visión de Oriente y Occidente, la ciencia evoluciona en forma pendular. Hemos llegado al punto máximo del reduccionismo y estamos asistiendo a la vuelta del péndulo: queremos armar el rompecabezas; unir todas sus partes; ver el todo.
“Hemos revertido la noción clásica de que las partes elementales y separadas son la base fundamental de la realidad y de que los diferentes sistemas son simplemente formas de arreglar/combinar estas partes. En vez, decimos que la realidad fundamental se basa en la interconexión cuántica inseparable del universo como un todo y que las partes que se comportan como relativamente independientes están supeditadas a ese todo”, señala David Bohm, uno de los padres de la física cuántica.
Por eso, nos encontramos ante un gran desafío. Si vemos desde las partes, que es como fuimos educados, nos resulta imposible entender el todo. Cuando entran en juego muchos fragmentos y sus innumerables relaciones, nuestra mente formateada linealmente no es capaz de captar la complejidad.
El ejemplo del desarrollo de la comunicación puede darnos algunas pistas acerca de cómo es posible pasar de un modelo de pensamiento fragmentario a otro de pensamiento complejo. Muchos de nosotros crecimos con la comunicación telefónica, en la cual el mensaje es transmitido de forma lineal por un cable que pende de un poste a otro. El mismo marco de comprensión es el que se ha utilizado hasta ahora para describir la comunicación dentro del sistema nervioso: los mensajes pasan de una neurona a otra, gracias a la sinapsis.
Así como la ciencia de la comunicación ha avanzado mucho y ha desarrollado la web, internet, también la medicina ha comenzado a ver nuestro sistema nervioso en forma de red. Esta apertura de visión fue lo que permitió que emergiera una nueva concepción del ser humano, a través de la mirada de la psiconeuroinmunoendocrinología.
En las últimas décadas, empezamos a entender que los sistemas nervioso autónomo, inmune y endócrino en nuestro cuerpo estaban conectados y se intermodulaban constantemente. Y, además, que la actividad mental y psíquica influía en esta red neuroinmunoendócrina, que, a su vez, producía mensajeros internos que afectaban el humor y la función cognitiva, entre otras. Por primera vez desde el siglo XVII, estamos desafiando la visión cartesiana y nos atrevemos a considerar, como intuían nuestros antepasados, que la mente y el cuerpo forman un todo indisoluble.
Y aquí es donde aparece en nuestro camino la Astrología. Luego de un período de oscuridad, hoy se siente un renacer de esta disciplina milenaria, que proviene de una conciencia humana que conocía el concepto de totalidad y que va desde el todo hacia la parte. Por eso, el lenguaje simbólico de la Astrología aporta información enriquecedora al ámbito de la salud, donde tanto se necesita una visión integradora.
La salud se refiere al estado de equilibrio biopsicosocial-espiritual y no a la mera ausencia de la enfermedad. Es un estado que nos permite mantenernos en equilibrio, a pesar de los frecuentes estímulos externos e internos que tienden a desestabilizarnos.
Existe una red de inteligencia interna —integrada por los sistemas psíquico-mental, nervioso autónomo, inmune y endócrino u hormonal—, conocida como la red psiconeuroinmunoendocrinológica (PNIE), que permite adaptar el medio externo al interno, siempre que las condiciones estén dentro de lo humanamente posible.
El problema es que la vida moderna nos lleva a vivir en modo supervivencia: nuestra red PNIE hace lo imposible para mantenernos en equilibrio y se adapta a condiciones inhumanas. ¿Cuántas personas viven hoy en situaciones de exigencia que se podrían considerar insostenibles?
Si a ese estado se le suman otros factores, desde lo emocional-vincular —divorcio, pérdida de un ser querido—, desde lo cognitivo-mental —ansiedad, preocupaciones—, desde lo social —pérdida de trabajo—, desde lo ambiental —polución, cigarrillo, pesticidas—, desde lo espiritual —falta de sentido en esta etapa de la vida—, es muy probable que la persona se enferme. El sistema, agotado, cae por efecto dominó.
La lectura de la Carta Astral puede proveer información valiosísima en esas situaciones de pérdida del equilibrio y vulnerabilidad. En primer lugar, porque enfrenta a la persona con su sombra, con aquello que no ve, con lo que no ha hecho consciente y que, justamente por eso, la vida le acerca como destino. El astrólogo podrá hacer ver/echar luz sobre estos aspectos, para que, así, el consultante sea capaz de reconocer más recursos dentro de sí mismo.
Y, como la Astrología ofrece una mirada integral del ser humano, nos permite vislumbrar las diferentes dimensiones de la persona: los aspectos físicos —por ejemplo, en la Casa VI del cuerpo y de los hábitos cotidianos—; los aspectos mentales y la forma de procesar la información —Mercurio y todo lo relacionado con la comunicación—; los aspectos emocionales y vinculares —en torno al Elemento Agua y las Casas vinculares—; los aspectos sociales —Casas de salida al mundo, redes de pertenencia—; la dimensión espiritual con sus creencias y búsquedas —la Casa IX y los Planetas afines— y hasta aspectos del árbol genealógico con información que se va transmitiendo de generación en generación y que puede ser ignorada por la persona —por ejemplo, los Planetas en la Casa XII—.
Este libro aporta un enfoque aggiornado de la Astrología, que integra los avances científicos y de pensamiento complejo que surgieron en el siglo pasado, como la física cuántica, el paradigma de la complejidad, los conceptos de holograma y de multidimensionalidad, la teoría del caos…
Con un enfoque holístico, como el que plantean Vanesa y Alejandro, la Astrología nos da la posibilidad de entender las dimensiones física, mental, emocional, social y espiritual de la persona, de ver los juegos de luces y sombras, de reconocer mecanismos lunares poco saludables, de descubrir recursos y potenciales aún dormidos.
