Mariana Rodriguez

El juego sagrado

Y si el fútbol es algo más que un deporte…

Mariana A. Rodriguez es egresada de nuestra escuela

Para contactarla: onayachtsdesig@gmail.com

Mucho se ha dicho acerca de los orígenes del fútbol. Algunos hablan de mayas, chinos, hindúes y mil teorías más, pero lo cierto es que el fútbol tal y como lo conocemos nació en una reunión modo casa IX donde se reunieron representantes de diversas escuelas donde se practicaban diferentes variantes del deporte, con el objetivo de unificar criterios, establecer las primeras normas, y consensuar un nombre con el que denominarlo.

La reunión comenzó a las 19 hs del 26 de octubre de 1863 en la Freemason's Tavern, Queen Elizabeth N.º 11, Londres, y allí nació la English Football Association, estableciéndose por escrito las reglas del fútbol.

En las deliberaciones de la Freemason’s Tavern se acordó entonces que el Fútbol sería un deporte de equipo jugado entre dos conjuntos de 11 jugadores cada uno. El terreno de juego sería rectangular, con un arco a cada lado del campo. El objetivo del juego sería el desplazamiento de una pelota con cualquier parte del cuerpo que no sean los brazos o las manos, y mayoritariamente con los pies, para intentar introducirla dentro del arco oponente. Esa acción se denominaría gol. El equipo que lograra más goles al cabo del partido, de una duración de 90 minutos, sería el ganador.

Entre los principales promotores del nuevo deporte se encontraban masones que eligieron para la reunión la Taberna de los Francmasones. La Masonería no creó el fútbol de la nada, hizo lo que siempre hace, reunió lo disperso, generando el ámbito donde se reunieron los que tenían distintas opiniones respecto al tema y luego de un debate de ideas se consensuaron reglas que permitieron jugar en igualdad de condiciones en todos los lugares y siempre con las mismas reglas de juego.

El juego se basa en principios masónicos como el de igualdad de oportunidades para ambos equipos, pues se desarrolla en un campo de juego dividido en dos partes iguales, y que se alternan en dos tiempos iguales, para el viento o el mal estado del terreno o cualquier otro factor endógeno se compense con la alternancia en el campo y esa elección se realice al azar tirando una moneda.

También la elección de un terreno horizontal, para que el campo de juego no esté inclinado hacia algún lado, sea seguramente fruto de la influencia masónica así como la elección de figuras geométricas en ángulo recto realizadas con la escuadra y aquellas como el círculo central y la medialuna en las áreas elaboradas con el compás.

El centro, donde se coloca la pelota (también redonda), para comenzar el partido es un punto equidistante de todos los lados del campo de juego. El espíritu de igualdad pregonado por la Masonería está siempre presente. La tribuna fue pensada como el “punto de encuentro” donde el aficionado aplaude o recrimina por igual a jugadores de distinto, origen, religión o ideas políticas.

Cualquiera sea el resultado, los jugadores intercambian camisetas al final del partido, una expresión que subraya al valor de la tolerancia y la fraternidad.

Acá vamos llegando a la dimensión simbólica del “juego”….

Que la Masonería haya sido el origen de las reglas del fútbol nos explica algunos aspectos importantes como la utilización de la geometría sagrada para la asignación de cantidades, dimensiones y formas geométricas. En ese sentido los 3 árbitros con su vestimenta negra verifican la aplicación del ritual y los 11 jugadores por equipo no son números casuales. 11 son los metros entre cada poste y 11 al punto del penal. El once significa el cambio, la ruptura y son 10 jugadores más 1 que juega con reglas distintas, el arquero, que es el único que puede hacer algo prohibido para el resto, como el tocar la pelota con la mano, dentro de un sector de la cancha como es el rectángulo del área. EL 11:11 significa: 11 arcanos (jugadores) en la diestra y 11 en la siniestra que dan los 22 arcanos mayores del tarot. Los lenguajes sagrados, como el hebreo o el sánscrito tienen 22 letras principales.

La codificación simbólica: el fútbol como espejo del Cosmos

Si la geometría sagrada permite leer la cancha como un diagrama, la codificación simbólica permite comprender el fútbol como una escena ritual donde el mundo se ordena, se dramatiza y se vuelve inteligible. El campo no es solamente una superficie de juego: es un microcosmos. En él se enfrentan dos fuerzas opuestas, se marca un centro, se delimitan fronteras, se establece una ley y se convoca a una comunidad para presenciar el combate simbólico entre el caos y el orden.

El círculo central funciona como ombligo del mundo. Desde allí nace el movimiento, como si la pelota fuera un astro puesto en circulación. Cada inicio de partido reproduce una cosmogonía mínima: la esfera inmóvil en el centro, el silbato como palabra creadora, los jugadores ubicados en posiciones precisas y la multitud expectante alrededor del recinto. El juego comienza cuando la quietud se rompe y el universo del partido empieza a girar.

La pelota, por su forma esférica y por el deseo que concentra, ocupa el lugar del sol simbólico. Todos giran en torno a ella, todos la persiguen, todos dependen de su trayectoria. Su desplazamiento ordena los cuerpos, modifica las emociones y altera el tiempo. Cuando entra en el arco, se produce una epifanía: el gol. Ese instante suspende la racionalidad cotidiana y libera una energía colectiva que se expresa en grito, abrazo, llanto, salto, canto o silencio.

El estadio, entonces, se transforma en templo pagano. No porque adore a un dios único, sino porque restituye una experiencia arcaica de comunión, sacrificio y pertenencia. Sus puertas son umbrales; sus tribunas, gradas iniciáticas; sus banderas, estandartes tribales; sus cánticos, mantras colectivos; sus ídolos, héroes solares; sus derrotas, duelos públicos; sus victorias, fiestas dionisíacas. El hincha no asiste solamente a ver: participa, invoca, padece y celebra.

El tiempo del fútbol también es un tiempo sagrado. Los noventa minutos separan la vida ordinaria de una duración ritual. Antes del partido se cumplen preparativos, cábalas y peregrinaciones; durante el juego se atraviesa la incertidumbre; después llegan la purificación, el lamento, la consagración o la espera del próximo ciclo. Como en los antiguos cultos estacionales, cada encuentro muere y renace en el calendario: domingo tras domingo, campeonato tras campeonato, mundial tras mundial.

La oposición entre los dos equipos codifica una dualidad primordial: luz y sombra, propio y ajeno, orden y amenaza, casa y visita. Sin rival no hay drama, y sin drama no hay rito. El adversario cumple la función necesaria de activar la identidad. La hinchada se reconoce a sí misma frente a un otro, y en esa confrontación construye mitos, genealogías, heridas, gestas y memorias transmitidas de generación en generación.

Por eso el fútbol puede ser leído como el último gran ritual pagano del mundo moderno: una ceremonia secular capaz de reunir multitudes, ordenar pasiones, producir símbolos comunes y ofrecer una experiencia de trascendencia sin necesidad de doctrina religiosa formal. En sociedades fragmentadas, el club ocupa el lugar de una patria afectiva; la camiseta se vuelve piel simbólica; el escudo, emblema totémico; el estadio, territorio consagrado; la fecha del partido, fiesta colectiva.

Así, la codificación simbólica del fútbol revela que no se trata únicamente de veintidós jugadores persiguiendo una pelota. Se trata de una representación condensada del Cosmos: centro y periferia, esfera y rectángulo, ley y transgresión, azar y destino, héroe y comunidad, sacrificio y recompensa. El fútbol sobrevive y se expande porque toca una fibra anterior a la modernidad: la necesidad humana de reunirse alrededor de un centro, narrar una lucha y reconocerse parte de algo más grande que uno mismo.

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