Nota publicada en Revista Uno Mismo. 2014
Vanesa Maiorana


Marte y Venus representan las energías de opuestos complementarios masculino y femenino, a través de los cuales nos vinculamos sexual y afectivamente con nuestro opuesto complementario en una relación de pareja. Marte y Venus  se atraen en un juego de seducción y acción, receptivo y activo, de dar y recibir, de búsqueda del otro para completarse en uno.

La Luna y Saturno, por su parte, proveen las funciones de nutrición y sostén, necesarias para nutrirnos, sobrevivir, madurar y sostenernos en la vida.

Marte es la energía masculina que las mujeres buscan en su pareja varón, y Venus es la energía femenina que los hombres buscan en su pareja mujer.

La Luna es la función que cubre nuestra madre en las primeras etapas de la vida. Saturno es la función que ejerce principalmente el padre, dando sostén y protegiendo con los límites que impone.  

A lo largo de la vida, siempre están activas en nosotros todas estas funciones, ya que de hecho, el sistema solar siempre tiene a Marte, Venus, la Luna y Saturno dando vueltas. Por más que ya no necesitemos de la protección de mamá y el sostén de papá, seguiremos teniendo a la Luna y Saturno en nuestra psiquis cumpliendo su función. Pero habrá diferentes grados de madurez según la edad y según lo que hayamos podido madurar. La Luna nos ofrece un talento a desplegar en el plano afectivo. Saturno nos brinda la posibilidad de desarrollar una estructura cada vez más sólida y sostenedora, que nos permite pararnos sobre nuestros propios pies y caminar por la vida.

Si bien podríamos imaginar que el ideal de vínculo complementario de pareja implica poner en juego a Marte y a Venus, solo podremos experimentar plenamente estas funciones habiendo desarrollado un mundo afectivo maduro y una estructura auto-sostenedora. Esto, en muchas parejas (por no decir en la mayoría de ellas), las funciones de complemento, búsqueda de la seguridad y sostén, se entremezclan y se confunden, creando vínculos de dependencia, entre otras cosas.

Un vínculo de dependencia es aquel en el que cada integrante necesita apoyarse en el otro, ser cuidado, protegido, querido y aceptado por este otro para sentirse seguro y feliz. Siempre que uno de los dos dependa del otro, podemos casi que el fenómeno de dependencia se produce en ambos miembros de la pareja.

Por eso, cuando alguien no puede conformar una pareja, puede llegar a sentir que no puede con su vida. O cuando en una pareja, uno de los dos decide cortar el vínculo, el otro pierde su supuesto sostén y siente que su vida se derrumba. Quien decide cortar el vínculo de dependencia, seguramente habrá encontrado otro apoyo antes de cortar, a menos que haya madurado su lado dependiente de una forma muy profunda. El otro que queda, habiendo también creado vínculos de dependencia, buscará desesperadamente otro vínculo donde apoyarse, a menos que decida madurar su lado dependiente de una forma muy profunda.

¿Y quién es, astrológicamente hablando, quien nos permite madurar para no ser dependientes?

Saturno, también conocido como señor del Karma, que es uno de los astros de mayor mala fama, es también quien nos ayuda a madurar y tomar las riendas de la propia vida.

Un tránsito de Saturno sobre algún planeta o punto importante de nuestra carta natal, activará un proceso de maduración en la función que represente dicho planeta y en el área de la vida correspondiente a la casa donde se encuentre Saturno (en la carta natal y por tránsito).

Los tiempos del tránsito, generalmente duros, repletos de límites y frustraciones, y que requieren mucha paciencia, nos invitan a aprovechar maravillosamente el tránsito…o de lo contrario, le seguiremos echando la culpa a un otro de nuestras desgracias…incluso al mismo Saturno!

Cuando no logramos descubrir el significado profundo que nos ofrece Saturno para madurar, podemos sentirnos víctimas de las acciones de otros o del destino mismo. Pero cuando comenzamos a comprender, a través de la astrología y el proceso interior profundo, que lo que nos ocurre es parte de nuestro crecimiento, y es necesario para recorrer el camino del alma, dejamos de ser víctimas y podemos permitirnos abrirnos y recibir lo que la vida tenga para darnos, agradeciendo a cada instante la posibilidad, por más duro que sea el momento,  por más terror que nos genere lo que nos ocurre, o por más frustrados que nos podamos sentir.

Saturno nos invita a pararnos sobre nuestros propios pies, a construir y darle fuerza a la estructura que nos sostiene. Saturno está relacionado al esqueleto, quien tiene la capacidad de ser al mismo tiempo flexible y sólido, para poder sostener a los músculos y permitir al cuerpo realizar los movimientos más sutiles. También está relacionado al chakra raíz (centro energético en la base de la columna) en su función de sostén de cuerpo y capacidad de enraizamiento.

Si no desarrollamos nuestro Saturno interior, difícilmente confiemos en que podemos auto-sostenernos, y entonces siempre necesitaremos contar con alguien de quien “colgarnos” para sentirnos de pie.

Tal como un bebé que no tiene  desarrollado su esqueleto y no puede caminar, un adulto que no ha madurado su Saturno, no podrá sostenerse por sí mismo, por lo cual proyectará esa función en otros, en quienes encuentra como sostén, sea afectivo, económico, o de cualquier otro tipo, e incluso imaginado. Esto se presenta en diferentes grados y gravedades. Por ejemplo, como sabemos bien, hasta en las relaciones donde hay violencia, existe una dependencia donde la víctima depende del victimario. Pero aún cuando no hay violencia, podemos registrar diferentes grados de dependencia, que en ninguno de los casos resulta sana.

Esto que planteamos no implica de ninguna manera tener que estar solos porque somos maduros, o no querer formar una pareja con alguien porque hemos madurado nuestro Saturno. Todo lo contrario: queremos decir que para disfrutar plenamente del encuentro con el otro, es necesario que podamos pararnos sobre nuestros propios pies, sabiendo que estamos con otro con quien disfrutamos estar, compartir, complementarnos, dar y recibir, abierta y plenamente. Muy diferente es estar con otro porque lo necesitamos para sentir seguridad o mantenernos en pie. Disfrutar del encuentro y crecer con otro es muy diferente a  necesitar a otro por miedo.  Sin dudas, habiendo madurado la Luna y habiéndose apropiado de Saturno, el encuentro con el otro a través de Marte y Venus será más pleno.

Hablando de soledades, hay veces incluso en que dentro de un vínculo, estamos realmente solos, y paradójicamente, tenemos miedo de perder ese vínculo para no estar solos….En definitiva, estamos solos pero colgados de otro, creyendo que no estamos solos. Por miedo a perder el vínculo seguro, podemos incluso tolerar y aguantar cosas inimaginadas.  El “aguantar” va creando una bolsa de cosas aguantadas…una sombra, que en algún momento explotará hacia el exterior, o de la cual el cuerpo o el alma nos pasará la factura. El aguantar incluye también, aguantar el peso del otro que se nos cuelga….la dependencia es recíproca.

El riesgo de un mal desarrollo de Saturno es la rigidez o la flacidez….un extremo o el otro. Para explicarlo gráficamente, si para desarrollar Saturno nos hacemos colocar una prótesis de una pieza bien sólida en la columna, podemos llegar a movernos como robots, literal y simbólicamente. Si por el contrario, nos sacamos la columna, el cuerpo no podría ni sostenerse.

Saturno en la carta natal indicará la cualidad que tendrá ese sostén, si tenderá a ser demasiado rígido o demasiado flácido, en qué área de la vida se manifestará con más fuerza el aprendizaje a través del cual maduraremos y las características que tendrá ese aprendizaje.

Decir adiós a vínculos de dependencia no es sencillo, porque se ponen en juego muchas seguridades, aún cuando éstas no sean todas reales (muchas veces las seguridades son construcciones que no son reales). Para madurar, es necesario darse cuenta de la dependencia que tenemos mutuamente con el otro, que intentamos sostener aún cuando se trate de un vínculo vacío de vitalidad, que muchas veces solo se sostiene por miedo a los cambios..

Animarse a soltar lo que ya no se sostiene, es madurar. Como dijo Gustavo Cerati: “Poder decir adiós, es crecer”. Gracias a Saturno, es que podemos madurar, crecer, animarnos a ser nosotros mismos y a vincularnos sanamente con los otros. Decir adiós no significa necesariamente decir adiós al otro, sino a una forma de vincularnos, aunque muchas veces  implica romper el vínculo, especialmente cuando ese vínculo ya ha cumplido un ciclo en la vida de sus integrantes.

Y por último, podemos ir un poco más allá e incluir en esta reflexión a Urano. En un nivel, Saturno y Urano son opuestos: Saturno es el límite, la estructura y la forma que se mantiene, lo invariable. Urano es la libertad, el cambio, la variación y la diferencia. Podríamos pensar que si desarrollamos  Saturno, podemos volvernos aburridos, repetitivos, y restringidos. Sin embargo, es todo lo contrario. Desarrollar Saturno sanamente nos permite construir formas diferentes, variar y cambiar sin perder la esencia, el apoyo y la base sobre la que nos paramos: nosotros mismos. Y esto también se aplica a los vínculos. Madurar nos habilita a construir vínculos más libres, considerando libertad como la posibilidad de seguir siendo nosotros mismos, “siendo” en vínculo con otros.